lunes, 22 de enero de 2007

Letizia, la seducción (V)

Sin haberlo pensado, sin expectativa alguna, sin premeditación ni malicia, con naturalidad y una ternura infinita, esa noche Letizia me enseñó esa fría noche de julio qué era ese misterio de hacer el amor con una mujer, y me regaló la magia.
Cuando abrió la puerta, de alguna manera supe que esa noche iba a marcar un antes y un después. No sé cómo, pero tuve esa certeza.
–Hola, cadetito, pasá –dijo.
Y cuando cerró la puerta y me saqué la gorra, me dio un beso con los labios rozando la comisura de mi boca. A partir de ese momento, todo transcurrió –o al menos eso me parece ahora–, en cámara lenta. Recuerdo sus manos en mi cuello, soltando el broche de mi capa y explicándome que mis padres se habían ido con los de ella a pasar el fin de semana a San Bernardo, preguntándome cómo había dado los exámenes y diciéndome que ella estaba por cenar y si quería acompañarla porque justo estaba por hacer una omelette a la suiza, que era el que más me gustaba, mientras me ayudaba a quitarme la chaquetilla y la dejaba en un sillón, junto a la capa.
¿Qué ocurrió mientras cenábamos? ¿De qué hablamos? No lo sé. Esos recuerdos se me difuminan, como los del primer beso. Sé que en me sirvió una copa de vino y brindamos por mis vacaciones y después, mientras ella lavaba los platos y yo los secaba, debió haber tomado la decisión.
–Te quedás a dormir, ¿eh? –dijo–. No te vas a ir a esta hora a tu casa.
Claro que no iba a irme de ahí. Si ella lo decía, yo obediente, me quedaba.
Como tantas noches, cuando terminamos con la cocina, fuimos a la habitación. Pregunté por su hermana, más para saber adónde estaba que por cortesía.
–No va a venir –dijo, y me abrió la cama donde yo iba a dormir–. Debés estar cansado. Dale, acostate mientras voy a lavarme los dientes.
En el momento que me saqué la ropa y me acosté sólo con los calzoncillos en esa cama gemela de sábanas perfectamente planchadas que olían a recién lavadas, toda memoria se torna evanescente y al mismo me da la sensación que lo estuviera viviendo hoy. El ruido del agua en el lavatorio del baño, los ruidos cotidianos, y la indescriptible emoción que me había embargado. Era como estar ligeramente ebrio.
La puerta del cuarto que se abría y las luces que se apagaron, dejando la habitación en penumbras.
¿Cómo fue que ocurrió? ¿Ella sabía que yo presentía? No lo sé ni me lo dijo nunca. Pero lo cierto que de pronto estuvo parada frente a mí y me miró durante lo que debió ser un segundo y a mí me pareció una hora.
Después se sentó en mi cama, me acarició el cabello con esos dedos finos y suaves y yo me estremecí.
–Sí, mi querido, sí... hoy sí –dijo.
Se inclinó hacia mi cara y entonces sí el beso fue pleno, directo, sin reticencias. Sus labios rozaron los míos y después su lengua me los recorrió con una suavidad tal que se me erizó todo el cuerpo. Esa lengua que franqueó la barrera de mis dientes y a la que le entregué la mía. Sentí que mi cuerpo respondía al instante y creo recordar que de alguna manera me avergonzó. Debí hacer algún gesto, porque se dio cuenta. Durante el tiempo que duró ese prolongado beso, en el que me reconoció y me dejó conocerla, sus manos habían estado en mi cara, acariciándome con tanta dulzura como se puedan imaginar. Una de esas manos soltó mi cara y se deslizó por la manta hacia allá abajo, donde el bulto en las cobijas delataba mi erección.
–No chiquito mío, mi querido hombrecito... nada de vergüenzas... si es maravilloso –dijo–, aferrando esa virilidad joven que ya, desde ese momento, había pasado a ser de su propiedad. –Tranquilo, mi querido... confiá en mí. Tranquilo... Hacé lo que sientas... No tengas miedo.
De alguna manera con esas palabras tan tiernas me animé y conseguí sacar las manos de debajo de las sábanas. Le acaricié el cuello y bajé por el escote hasta llegar al nacimiento de los senos.
–Lo que sientas... lo que quieras –me alentó–. Ahora, soy para vos...
Entonces acaricié esos pechos plenos, redondos, blandos, suaves. Esos senos de mujer con los que había soñado tantas veces. Descubrí los pezones y allí fui, cara, boca, lengua y manos, a por ellos mientras la mano de Letizia me acariciaba sobre la manta, jugando con los dedos, rozando, presionando, dibujando mi erección con manta y todo, hasta que consideró que era el momento.
Se paró al lado de la cama, y se quitó el camisón.
–Haceme lugar, mi chiquito... quiero acostarme con vos.
Un segundo después, estaba desnuda frente a mí, dejándose mirar porque sabía que yo la deseaba. Hasta que abrió las mantas y las sábanas y se deslizó a mi lado.

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